¡Gracias! Hasta siempre…

Te fuiste. Aunque en mi interior ya me preparaba para ello y me concentré en enviarte todo mi amor; recordarte hace que mi corazón se sienta triste, flotando en una neblina que lo aturde. Aún tengo clara esa imagen en la mente, sonriente, esperándome. O tal vez despidiéndote. En tu casa, con el callejón a tus espaldas lleno de flores, esa enredadera que hacía de techo de la casita, donde jugué y disfruté tanto.

Tus palabras cariñosas defendiéndonos de los regaños de nuestras madres, tus detalles y generosidad al traernos dulces y galletas de tu tienda para que jugáramos. Tu paciencia cuando hacíamos demasiado ruido, o ensuciábamos demasiado. Tu abrazo cálido y tus lágrimas tristes al despedirnos cuando las vacaciones terminaban.

Te he tenido tan presente, tus dichos, tu forma de hablar. Tus silencios y gestos. La tristeza que me volcaba el corazón al pensar que tal vez en ese mismo momento, ustedes también pensaban en nosotros, pero solitos, los dos. Esa ausencia me pesaba mucho, nunca fue suficiente verlos por dos semanas al año. La afinidad que tengo contigo ahora es más evidente, y duele, porque ya no estás.

Nunca nos habíamos enfrentado como familia a una pérdida tan cercana. Y es evidente que aún no sabemos cómo enfrentarla. Los accesos esporádicos de llanto, las conversaciones sobre tus últimos momentos. Las preguntas y los cuestionamientos. El silencio que lo invade todo, la tristeza que poco a poco se cuela y nos hace bajar la mirada porque sabemos que no vas a regresar, que ya no te podremos ver. Que tu camino aquí ha terminado y de nosotros depende preservar tu recuerdo y tu legado.

Apenas hace unos días que no estás, pero tu ausencia ha dejado tanta luz. Espero que los demás sean capaces de reconocerlo muy pronto. Que te sientan como yo te siento: en paz. Rodeada de luz y de flores. Escuchando el canto de las aves que tanto te gustaban; paseando por un hermoso jardín a la sombra de las jacarandas y miles de rosas de té de colores. Con las azucenas que ahora están brotando como una hermosa ofrenda. Con esa enredadera de color rosa que me servía de techo para jugar. Sonriente, mirándome, cuidándome tal vez. Te extraño.

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