Decisión: Un acto de consideración hacia nosotros mismos.

Todo el día, todos los días tomamos decisiones. Pequeñas, habituales, determinantes… Desde la actitud que tomamos al despertar, cómo enfrentamos los primeros minutos del día, qué vamos a desayunar…

Pero hay decisiones que postergamos todo lo posible. Las arrastramos por días, meses, años. Ponemos miles de excusas para no enfrentarlas, incluso creamos historias en nuestra mente que justifican razonablemente por qué no somos claros. Nos sentimos nobles y ponemos a los demás como un escudo: Sus sentimientos, sus opiniones, sus ideas.

¿Cuándo vamos a comenzar a considerarnos a nosotros mismos? ¿A ser firmes y mantener nuestra postura ante dichas circunstancias?

Podemos considerar a los demás, pero cuando hacerlo se convierte en un hábito constante, puede representar una limitación poderosa que nos encajona cada vez más en situaciones que nos alejan de nosotros mismos, de nuestra verdadera esencia y deseos.

El deseo es nuestro indicador, nos muestra el camino hacia donde queremos ir, lo que necesitamos para avanzar, para crecer, para lograr lo que nos dará mayor expansión. Si nos acostumbramos a acallarlo por consideración a otros, estamos afirmando que no es importante, que nuestras necesidades vienen después de los demás.

Si nosotros no escuchamos ¿quién va a hacerlo? Seguro los demás no van a tener consideración por las decisiones que no tomamos por consideración a ellos. ¡Por que ellos no nos pidieron hacerlo! Cada individuo está inmerso en sus propias preocupaciones, ideas y decisiones por tomar.

A veces simplemente tenemos miedo a enfrentar nuestros verdaderos sentimientos en determinadas situaciones o ante determinadas personas. Los escenarios que nos pintamos en la mente pueden ser desoladores, inciertos, atemorizantes. Vivimos acostumbrándonos a dejar de lado las emociones incómodas, cuando muchas veces es lo que nos está indicando el camino al cambio.

Esa emoción nos está abriendo la puerta a nuevas oportunidades, a la expansión. Salir de nuestra rutina, de lo conocido, de lo que ya no nos sirve más. ¡Pero lo rutinario es tan cómodo! Se siente seguro, confiable, inmóvil.

Y tomar una decisión puede sentirse muy definitivo; más no tiene por qué ser así. Dar el primer paso puede resultar aterrador, pero una vez que se da, todo lo que llega es calma, paz. Liberación. Es el comienzo de algo nuevo, un escalón hacia todo un universo de posibilidades que se abre ante nosotros, invitándonos a crear una nueva vida, una mejor versión de nosotros mismos. 

Dejemos de esclavizarnos. Dejemos de atarnos a consideraciones ficticias que sólo justifican la extensión del sufrimiento. La honestidad hacia nosotros mismos es el comienzo de un gran acto de amor propio.

Vencer el miedo a tomar decisiones sin duda requiere de determinación y valor puro. Para encontrarlos, es necesario hacer espacio en nuestra mente y escuchar con real consideración hacia nosotros mismos, hacia nuestras necesidades y deseos, ahí está nuestra voz, la esencia. Una vez que hayamos comprendido la importancia de tomar esa decisión y todo lo que implica seguir deteniéndonos, el panorama se iluminará, la tormenta de pensamientos se disipará y todo cobrará mayor sentido.

Es entonces el momento de respirar, conectarnos con esa determinación y saltar. Actuar con la confianza de que nada puede ser peor que mantenernos inmóviles en un mundo donde el cambio es la única constante. Lo mejor está por venir.

 

 

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