Procrastinar: Dejar para mañana lo que puedes hacer hoy.

Cuando era niña, mi mamá me decía que no hay que dejar para mañana lo que podemos hacer hoy. Y muchas veces el que pronunciara esas palabras, me hacía enojar por el simple hecho de ser el inicio de un sermón.

Muchas de mis primeras experiencias como mamá me hicieron comprender esas sabias palabras: Un biberón y pañal limpio antes de dormir, extienden maravillosamente la siesta. La comida preparada con antelación y guardada en el congelador, puede salvarte en un día extrañamente ocupado o en una salida imprevista.

Ahora mi opinión es distinta. Yo soy la que intenta convencer a mi hija de 9 años lo conveniente que es hacer la tarea el viernes por la tarde y gracias a ello tener disponible todo el fin de semana. Adelantar la exposición final en inglés con maqueta y todo, para no hacerlo a las carreras un día antes, mientras intenta memorizar dos cuartillas…

Y aún así, tardé más de un mes en publicar mi primer post en Facebook. Y sigo mirando sobre el refrigerador la lista de actividades con respecto al Blog que debería de completar desde hace semanas junto con otras tareas más.

Algo tan personal da miedo. Porque requiere de creatividad y al ponerle la etiqueta “deber” se convierte en una tarea por completar, una línea por tachar en la lista a la que se agrega todo lo que rutinariamente debe realizarse para que la vida siga su curso.

La procrastinación -ese dejar las cosas para después, postergar- trae consigo una incómoda sensación de agobio cuando ya no hay más tiempo para resolverlo, cuando las tareas se han apilado y no sabemos por dónde comenzar o incluso cuando tenemos que elegir entre dos asuntos de importancia porque no pudimos prever la situación.

Procrastinar genera estrés. Ejerce un efecto directo en nuestro estado de ánimo e incluso afecta la percepción que tenemos de nosotros mismos, nuestra autoestima. Nos criticamos duramente por no anticiparnos, por todos los minutos perdidos, por los accidentes y errores que trae consigo “malabarear” diferentes actividades al mismo tiempo sin concentrarnos realmente en alguna de ellas.

Y ahí se va toda la diversión. Dejamos de disfrutar el momento, de sentir realmente mientras realizamos una actividad. Arrastramos durante todo el día el lastre de la culpa, la incomodidad, la insatisfacción. Nos prometemos mil veces que no lo haremos de nuevo, que no vamos a dejar que las tareas se apilen, que seremos más organizados y previsores

¿Por qué lo seguimos haciendo?

No queremos identificarnos con las tareas “adultas y aburridas”, las actividades convencionales y rutinarias nos parecen poco excitantes y aquí interviene el deseo de sentirnos siempre jóvenes, o al menos con un estado mental juvenil y despreocupado.

Incluso llegamos a asociar a la rutina con la muerte de la creatividad y la espontaneidad. Sí, con esas palabras, pues llegar a la adultez evoca inevitablemente a que un día llegará el final.

Ese vivir en presión constante, irónicamente, es lo que en realidad “mata” la creatividad. No podemos disfrutar de una experiencia en su totalidad, si nos sentimos agobiados por las cosas que deberíamos estar haciendo porque un día de 24 horas no es suficiente para ponernos al corriente con todo lo que dejamos para después.

Entonces, un poco de disciplina y organización no cae del todo mal ¿verdad? Entre las actividades que dejamos para después también están las personas que dejamos para después: Tiempo de calidad que negamos porque hay otras prioridades que requieren atención con urgencia. Conexiones que se van perdiendo porque no se cultivan, afinidades que se diluyen, intimidad que se rompe.

Procrastinar trae consigo más de lo que se ve en la superficie. Mantenernos en un estado de alerta constante, de estrés y mal humor, obstaculiza el disfrute pleno y nos aleja de quienes nos rodean. Con la premura por resolver los “pequeños fuegos” que trae dejar todo al final, perdemos de vista que hay personas que nos necesitan, que nuestros seres queridos pueden estar pasando por un mal momento o simplemente quieren compartir con nosotros. Pero estamos en un estado no disponible.

Realizando pequeñas acciones diarias que nos permitan mantener en orden las actividades rutinarias, organización y planeación pueden hacer maravillas. Una gran tarea, se puede dividir en pequeñas actividades realizables en menos tiempo durante la semana; un organizador situado en un lugar visible puede ayudar a mantener presente lo que se puede olvidar.

Pero sobre todo, se requiere de un cambio de actitud y reconocer que podemos hacer de nuestro día a día algo más disfrutable. Nadie es perfecto y de vez en cuando se puede reincidir en los viejos malos hábitos, pero intentarlo realmente vale la pena. Es en realidad un compromiso con nosotros mismos, con nuestro bienestar.

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