Espejitos: El ejemplo en la crianza de nuestros hijos.

Como mamá, mientras veo a mi hija crecer, me doy cuenta que inculcarle valores tiene mucho más que ver con el ejemplo que con discursos y explicaciones. Eso que ve en las personas que la rodean día con día: Actitudes, reacciones, respuestas.

Veo a los niños como espejos: Lo que reflejan es lo que reciben y ven todos los días. Muchas veces nos encontramos tan inmersos en la rutina diaria, que no somos realmente conscientes de lo que hacemos, decimos y cómo lo decimos.

No se trata de comparar ni juzgar. La paternidad se va aprendiendo con la práctica y nadie estamos preparados, ni tenemos un manual infalible. Pero sí podemos compartir las herramientas y reflexiones que nos han ayudado a solucionar determinados problemas o situaciones complejas.

En mi experiencia, dejar de lado el ideal de perfección fue el primer paso. Somos humanos, somos diferentes, nos equivocamos. Cuando se trata de pequeños humanos, incluso en una situación similar es muy difícil obtener el mismo resultado.

Una actitud receptiva facilita la tarea. Dejar el pedestal de autoridad y escuchar. Muchas veces su comportamiento “negativo” es un llamado de atención cuando aún no saben reconocer sus necesidades ni expresarlas. Observar su comportamiento, el lenguaje corporal además de sus palabras, nos puede dar mucha información sobre lo que les sucede o la raíz de su incomodidad.

Ser más flexibles. De nada sirve aferrarnos a un comporamiento cuando evidentemente no nos está ayudando. Probar diferentes alternativas nos puede ayudar incluso a sacarlos del ciclo -por ejemplo cuando están haciendo berrinche- y lograr comunicarnos mejor. Lo que puede ser una travesura para nosotros, es tal vez para ellos, una forma de expresarse, un juego, una aventura. No lo hacen para molestarnos. Por supuesto que los comportamientos peligrosos o agresivos deben tratarse aparte, pero tener una visión menos rígida puede ayudarnos a quitarle la etiqueta negativa a situaciones valiosas de aprendizaje y desarrollo.

Reconocer su autenticidad. A veces, las expectativas y comparaciones nos impiden apreciar la expresión única de la personalidad de nuestros hijos. Nos aferramos a la idea de lo que queremos que sean, de los comportamientos que esperamos de un niño bueno, que se porta bien; censurándolos o reprimiéndolos poco a poco. Incluso perdemos de vista que se encuentran en pleno desarrollo físico, con habilidades aún por practicar y perfeccionar. Sencillamente, les exigimos demasiado.

Y finalmente, mostrarnos honestamente. Reconocer nuestros errores y equivocaciones, pedir disculpas cuando se requiera y mostrarnos vulnerables sin temor. Aquí viene una gran enseñanza con el ejemplo, demostrarles que los adultos no somos onmipotentes, que no siempre lo sabemos todo ni tenemos la razón. Una gran lección de humildad para nosotros y una muestra tangible del constante proceso de aprendizaje en el que nos encontramos.

Recordemos que pase lo que pase, hagan lo que hagan, son niños, son nuestros hijos, son únicos. Hay una gran diferencia entre reprender por un comportamiento o acción negativa, que marcar con dolorosas etiquetas a un pequeño que apenas está comenzando su camino. Las palabras hieren y más cuando las pronuncia el ser a quién más amamos, de quien dependemos completamente y miramos siempre pidiendo orientación.

Recuerda, como espejos. Comienza hoy, con más compasión y paciencia para tí, que se refleje en acciones y palabras guiadas por el amor hacia ellos. 

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